Acompañando a imaginar futuros
Los profesionales que acompañamos a jóvenes tenemos el reto de ser generadores de vínculos seguros.

Tòfol Marqués

Seguramente encontraríamos consenso entre profesionales de la psicología de que, si tuvieran la (mala) fortuna de poder observar la vida de sus “pacientes” entre los 0 y 3 años de vida, podrían entender más fácilmente algunos procesos vitales y aspectos de su vida adulta. También, si todos y todas pensamos en qué persona tuvimos de referencia para tomar decisiones importantes o quién fue importante para tomar decisiones cuando nosotros no podíamos hacerlo, a muchos nos vendría algún familiar a la cabeza. Me atrevería a afinar más, seguramente sería la madre. Al menos para mí.
Entre el nacimiento y la postadolescencia/ juventud, hemos quemado una serie de etapas que pueden dar algunas respuestas a quiénes somos o cómo nos posicionamos ante la vida. El hecho de haber tenido referentes familiares positivos, seguros, que nos hayan ayudado a quemar estas etapas, es un elemento que también puede dar respuesta a quienes somos hoy.
Este pensamiento deberíamos tenerlo incorporado todos y todas las que acompañamos a personas que, desgraciadamente, necesitan un apoyo en formato de acompañamiento residencial y social en algún momento de su vida
. Y si, además, acompañamos a jóvenes con edades entre los 16 y 29 años, en un momento vital de muchos interrogantes, sin referentes familiares cerca de ellos, debemos ser capaces de tener nuestra banda sonora profesional bastante afinada.
En los programas de atención a jóvenes debemos intentar ser ese apoyo en estos procesos de emancipación de los jóvenes que, por circunstancias diversas, no disponen de una red familiar, económica o social que los pueda sostener en un momento vital, entre los 16 y los 29 años, donde hay elementos en juego característicos, no en exclusividad, que son de vital importancia: elementos madurativos, de identidad, de necesidad de presencia de referentes seguros adultos, de autoconocimiento, toma de decisiones, adquisición de responsabilidades, conocimiento del contexto que los rodea, etc.
Ante todas estas características que confluyen en momentos concretos de nuestro proceso vital, entendemos que, para los jóvenes a quienes acompañamos, es fundamental proporcionar seguridad mediante información clara sobre las estructuras, normativas y protocolos en los que nos movemos
. Y sí, es tan poco agradable como muy necesario delimitar, ayudar a poner estructura, siempre con una mirada educativa, no punitivista.
Esta mirada debe ir de la mano con la escucha de sus propuestas, disconformidades, con una presencia constante y necesaria que debería ir difuminándose a medida que se avanza en el proceso de autonomía y emancipación. Debemos permitir los errores y acompañarlos, como parte del proceso de aprendizaje
.
Igualmente, debemos practicar en la lectura y escucha de las necesidades de los jóvenes según sus experiencias de vida, ya que, siguiendo lo expuesto en el primer párrafo, para ser equitativos y justos en nuestra intervención hay que entender de dónde viene el joven, qué trayectoria vital ha tenido, los referentes familiares y la presencia o ausencia de estos, proceso migratorio (origen, tránsito, llegada), experiencia de trayectoria de calle, experiencias potencialmente traumáticas, sueños, capacidades, aficiones, etc.
Todos estos elementos, y muchos otros, se deben tener en cuenta a la hora de acompañar. Estos elementos deberían tenerse en cuenta en cualquier etapa vital de una persona a la que acompañamos, pero la importancia se multiplica en etapas de juventud debido a la capacidad de imaginar, la permeabilidad de los y las jóvenes, la fuerza que impregnan, la prevención y el amplio recorrido vital que tienen por delante.
Los profesionales que acompañamos a jóvenes tenemos el reto de ser generadores de vínculos seguros, de crear estructuras de funcionamiento claras, con límites, dejando espacios para los errores como proceso de aprendizaje, pero también con consecuencias educativas cuando sea necesario.
Debemos facilitar a los jóvenes la elaboración de una banda sonora que les sea agradable en su entorno, que pueda ser acompasada con otras melodías vitales de ausencias de referentes, desarraigos y falta de sentido de pertenencia, etc. No desaparecerán las melodías malsonantes del pasado, tampoco debemos pretender reemplazar figuras familiares, pero sí debemos apostar por ser un nuevo instrumento que facilite que la banda sonora suene mejor para cada uno de estos jóvenes.
Para facilitarlo, es de vital importancia recurrir a la comunidad, la incursión dentro de espacios normalizados, no segregados, por parte de los jóvenes, de mapear territorios con espacios donde sean agentes activos, donde sus capacidades estén puestas a disposición de los vecinos y vecinas. El contexto político, de vivienda, ideológico, etc. no es favorable para charlar de emancipación juvenil, del derecho a migrar, de la diversidad cultural como riqueza, en el sentido amplio de la palabra, pero como decían el otro día en una formación, «hay que militar en la esperanza» e intentar facilitar a los chicos y chicas todas aquellas herramientas que puedan facilitarles un futuro con un proyecto vital que se aproxime al máximo a aquello que ellos y ellas hayan podido imaginarse.
Este artículo ha sido publicado en Social.cat con fecha 12/06/2026
