Salvador Maneu, director

“Nuestra opción como institución es respetar a la persona y aplicar el sentido verdadero de la hospitalidad que es acogerla, acompañarla y promover al máximo su progreso personal y social”.

Hablamos con el Director de Sant Joan de Déu Serveis Socials, Barcelona acerca del contexto social actual y cómo afecta en la atención a persona en situación de sinhogar.

 
En la atención de personas en situación de sinhogar, ¿qué es lo principal que debemos tener en cuenta?
Creo que en los proyectos de atención a personas sinhogar, como en cualquier otro proyecto social, siempre hay que atender a la realidad concreta del territorio en el cual decides implantar el proyecto. Esto parece lógico, pero no siempre se hace. En el caso de personas sin hogar en una gran ciudad como Barcelona, o como Madrid, probablemente la respuesta tiene que ser una, porque convives con otros actores, con otras entidades, con otras realidades macro que son enormes y que te obligan a adecuar bien tu respuesta y que sea una respuesta sostenible en el tiempo; en cambio, en otras ciudades quizás menores, en las que existe una red de entidades más débil y en el que tu papel como entidad es más fuerte, probablemente la respuesta tiene que ser otra. A veces requiere respuestas del estilo abrir un albergue de primera acogida, en otras ocasiones es más oportuno afrontar la realidad de familias enteras con menores que están en situación muy vulnerable, que pueden acabar en una situación de sin hogar; y en cambio, en otras situaciones probablemente la respuesta más adecuada sea complementar la red de albergues que ya existe con proyectos más residenciales que apuestan por la integración a través de pisos puente, pisos de transición, hasta lograr la máxima autonomía de la persona.

Estos pisos puente que comentas puede que sean uno de los elementos de mayor innovación en la actualidad.
Los pisos puente los estamos haciendo en Murcia, en Valencia, en Mallorca, en Barcelona, en Lleida... es un proyecto interesante, porque es un recurso de transición que conecta entre un espacio claramente protegido como es un albergue, con la autonomía plena de la persona; y normalmente el paso, la transición por un piso puente, que puede durar meses, incluso un año de acompañamiento, dota a la persona de una mayor seguridad. Le ofrece muchas herramientas y permite una transición tranquila, una salida tranquila hacia la autonomía máxima de la persona, que es volver a ser dueño de las riendas de tu vida.

Se ha hablado mucho del Programa Primer la Llar como un caso de éxito al seguir la metodología housing first (HF). ¿Nos puedes hablar un poco de ello?
La metodología de HF es una metodología, ahora ya internacional, que se pone en práctica a principios de los 90 en Estados Unidos y que progresivamente se va adoptando en Europa, especialmente en los países nórdicos, y que viene a poner en cuestión la intervención tradicional que se hacía con las personas sin hogar. Fundamentalmente lo que hace HF es evitar por completo el modelo de escala de transición, que es el modelo que habitualmente se utiliza en los programas sociales de atención a personas sin hogar y lo que hace es concebir la vivienda como un derecho humano básico y, a partir de ese derecho humano básico, se adopta todo un proceso de intervención que pasa por reconocer de verdad la centralidad de la persona; y los profesionales de las instituciones, en este caso de Sant Joan de Déu, adoptamos un rol de acompañante en que respetamos al máximo la voluntad del participante. El participante acaba diseñando su propio futuro, evidentemente con nuestro apoyo, pero es él quien decide en todo momento hasta dónde quiere llegar en su proceso de recuperación. Este proyecto que está funcionando con notable éxito en diversos países, y también en España, se puso en práctica hace 4 años en Barcelona y en Madrid. En algunas otras ciudades ha empezado a entrar con fuerza.
Pero HF no lo va a resolver todo. No es una metodología que venga a sustituir todo lo que se está haciendo con personas sin hogar. Es una metodología más, que debidamente adaptada al contexto social y cultural, puede funcionar adecuadamente. Pero, efectivamente, es una metodología que ha provocado algunos cambios sistémicos interesantes en el ámbito de la acción social de entidades que trabajamos con personas sin hogar.

HF se aplica en programas que siguen íntegramente esta metodología, pero también se puede adaptar en centros que siguen otros sistemas de trabajo.
Sí. Yo defiendo que HF es una metodología, no un fin en sí mismo. Es un método, pero sobre todo no deja de ser un instrumento al servicio de las personas y al servicio de las organizaciones y, por tanto, como ya se ha hecho en otros países como Finlandia, el método, el instrumento, se ha adaptado a la necesidad de las personas sin hogar de ese país. Debemos hacer lo mismo en un contexto mediterráneo como es el caso español, en el que tendremos que ver hasta qué punto nos conviene hibridar metodologías y enriquecer esa metodología que nace en un contexto cultural. De hecho, ya estamos cambiando algunas cosas. Estamos adaptando el modelo para que al final sea lo más eficaz posible.
Lo que me interesa es que el método debidamente adaptado sea útil para el propósito para el cual utilizas ese instrumento, que es conseguir la plena autonomía, la plena recuperación de una persona que ha pasado por una situación de sin hogar.

Para aplicar este método también se ha tenido que reformar la manera de trabajar de los propios trabajadores.
Sí. El mayor reto ha sido probablemente el cambio cultural que ha provocado en los profesionales. Trabajadores sociales, educadores, integradores sociales han sido formados en universidades españolas con un tipo de intervención muy concreta que HF pone en cuestión. No es que debamos abdicar de todo el modelo que hemos ido siguiendo, pero sí es verdad que HF nos ha puesto contra las cuerdas y nos ha obligado a resituarnos y a replantear algunas cosas que ya veníamos haciendo. No sólo en los programas en los que aplicamos HF, también en otros programas ha hecho la función de espejo. Nos ha puesto contra el espejo y ha revelado algunas contradicciones que teníamos en nuestros proyectos, como por ejemplo la sobreprotección de las personas sin hogar que, en ocasiones, no siempre, pero en ocasiones, ha acabado infantilizando a las personas sin hogar; las hemos acabado incapacitando socialmente, cuando justamente nuestra opción como institución es respetar a la persona y aplicar el sentido verdadero de la hospitalidad que es acogerla, acompañarla y promover al máximo su progreso personal y social. Y eso pasa por respetar al máximo determinados ciclos vitales que tienen las personas en los que algunas prácticas de intervención social justamente iban en línea contraria.

Por lo que dices, HF ha permitido un avance de toda la entidad.
Lo está suponiendo. Este proceso no ha terminado, ni mucho menos, y, de todas formas, para no dar la sensación de que estamos sacralizando una metodología, querría decir que lo que hemos venido haciendo hasta ahora respondía a una motivación y a un contexto histórico, social y cultural concreto y ha funcionado bien. Y viene una metodología nueva que nos obliga a resituarnos, pero es que probablemente en 1, 2 ó 3 años, la propia innovación social hará que surjan otras metodologías distintas a HF que habrán evolucionado y serán más fieles a esa voluntad de conseguir la máxima autonomía de la persona.

Actualmente en el contexto social que comentas se está produciendo grandes migraciones. Muchas de las personas inmigrantes acaban en situación de sin hogar, ¿cómo se posiciona la entidad al respecto?
La pregunta es muy permitente y muy relevante porque llevamos un buen rato hablando de personas sin hogar y quizás lo primero que nos deberíamos preguntar es qué rostros, qué realidades sociales se esconden detrás de una persona que está sin hogar; y ahí encontramos desde una persona inmigrante, como tu bien me planteas ahora, que acaba de llegar a nuestras ciudades; una persona solicitante de asilo; o un solicitante de asilo al que le han denegado ya la solicitud y, por tanto, pasa a ser un inmigrante en situación irregular; trabajadores pobres; perfiles más clásicos, si se puede denominar así, personas con una larga trayectoria de vida en la calle, en fin... nos encontramos familias enteras que han sufrido un desahucio… nos encontramos con un sinfín de situaciones muy diversas con un denominador común: se han quedado sin hogar desde el cual proyectar su vida.
Ésa es la nota común. En el caso de los inmigrantes y refugiados es clarísimo, al final acaban siendo personas sin hogar. Son persona sin hogar que aparecen en nuestras vidas por razones diversas, a veces son razones económicas, a veces razones políticas y muchas veces una mezcla. En el fondo es huir de la desesperanza para buscar un lugar en el cual tú crees que tú y tu familia podéis tener un futuro mejor que el que teníais en tu país de origen. Por eso muchas veces las personas arriesgan su vida y deciden empezar de cero en un país distinto. ¿Cuál debe ser nuestro compromiso? yo creo que no debemos restar inmunes ni pasivos ni impasibles ante una realidad que claramente nos interpela. Nos está interpelando como sociedad y nos está interpelando como orden religiosa que tiene como eje troncal de sus principios de su intervención el valor de la hospitalidad. Y la hospitalidad justamente es acoger, acoger a personas que están desvalidas, que están en una situación muy frágil y claramente los inmigrantes y sus familias y/o los refugiados son uno de esos colectivos, no sólo, pero son un colectivo especialmente frágil.

A pesar de que los medios de comunicación hablan mucho de exclusión residencial, aún nos es ajena esta realidad y pensamos que no nos puede pasar a nosotros, ¿por qué crees que sucede?
Sucede probablemente porque seguimos contando y relatando las cuestiones sociales que están pasando en nuestro país en tercera persona del plural, y hay que contarlas en primera del plural. Y cuando hablamos de desahucio, cuando hablamos de paro, de paro juvenil, cuando hablamos de problemas de escolarización, o de problemas de absentismo escolar, o cuando hablamos de personas sin hogar, hay que poner nombre y apellido a las cosas y hay que bajarlas a la realidad. Y cuando analizas qué significa estar sin hogar, te das cuenta que detrás de esta palabra hay un abanico de posibilidades tan diversa que dejas de pensar que eso le puede pasar a otros y dices, “no, cuidado que esto también a mí me puede suceder”. Y descubres familias en que uno de ellos ha perdido el empleo y deja de poder pagar el alquiler, descubres familias en que ha habido una ruptura familiar y pasan a ser dos familias monoparentales en una situación muy precaria, descubres familias o personas individuales a las que el propietario les sube la renta 300 o 400 € cuando finaliza el contrato y deja de poder pagar. En fin, descubres una serie de realidades que conectan con tu universo personal. Es verdad que, si me refiero a las personas sin hogar como personas que está viviendo en un cajero automático, es probable que a la mayor parte de la clase media española esto le quede lejos, y gracias a Dios que le quede lejos. Mejor. Pero cuando tú lo conectas con realidades que están más cercanas a tu vivencia personal, dejas de considerar esa realidad como una realidad ajena y te das cuenta que eso le está pasando a una persona que es vecina tuya, y empiezas a ponerle nombre y apellidos, empiezas a ponerles rostro a realidades que tú has conocido en tu vida cotidiana.
Tenemos un reto de lenguaje, tenemos un reto de comunicación, tenemos un reto de sensibilización para explicar muy bien que lo que estamos contando no es una cosa que pase muy lejos. Está pasando en nuestras ciudades, en nuestros barrios. Está pasando a padres y a madres de niños que conocemos, que van a la escuela con nuestros hijos. Por tanto, la frontera entre la inclusión y la exclusión es muy tenue. Es muy frágil. Y quizás contándolo de esta forma es probable que convenzamos a más personas de la importancia de políticas preventivas y de una mayor inversión en programas sociales.